15 dic. 2006

La dichosa multa de tráfico

Al llegar del trabajo he encontrado sobre la mesita de la entrada una multa de tráfico. La primera reacción, lógicamente: ¡¡sobresalto!!. Una multa ahora, que tengo que comprar los reyes, no es buena noticia. Entonces leo más detenidamente y... ¡qué bueno, la multa es de él!, así que me pongo supercontenta porque ya tengo una excusa para llamarle. Es entonces cuando mi hija, que es quien ha subido el correo, me dice que ya le ha telefoneado y que igual viene por la tarde. (Ya es por la tarde y no ha venido, tampoco ha llamado ni enviado mensajes, he mirado el móvil dieciocho veces).

“¡Mamá, no te entiendo, si no quieres estar con él...!” -dice mi hija- y le contesto: “¡¡¡cariño, no sería justo que tú me entendieras y yo no pudiera entenderme a mí misma!!!”

¡sos!

La bicicleta estática que tenía en el salón, la pasé, a través del pasillo, a la alcoba, porque mientras él se decide a llamar o a venir, he cambiado de sitio –otra vez-, los muebles de mi habitación (que antes era nuestra). En el camino la bicicleta tiró un cuadro, el cuadro rompió la pared, la perra se comió los trozos de cemento que cayeron y ha estado vomitando. Para que la bicicleta cupiera he cambiado el tocador, que estaba bajo la ventana, y lo he puesto en el lugar más oscuro del cuarto. El cabezal de la cama ya no está orientado hacia el norte, de la mesilla de noche se cayó la lámpara, no se ha roto, cayó sobre el dedo gordo de mi pie derecho... me he puesto a llorar... y a maldecirlo por ser tan gilipollas, y a maldecirme por seguir deseando sentir su cuerpo junto al mío.

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